Desde aquí queremos hacer eco del deseo expresado por Alberta Giménez: "Que Dios haga sepamos aprovechar tantos beneficios y tantos medios como pone en nuestras manos para atraernos a sí" [C. 236]. En este espacio, las Hermanas de la Pureza de María queremos hacernos conscientes de esos beneficios que recibimos diariamente de Dios, queremos acogerlos, agradecerlos, aprovecharnos de ellos, dejarnos atraer cada vez más intensamente por Él y poderlos compartir con todos vosotros.
Creer en el Resucitado es resistirnos a aceptar que nuestra vida es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos. Apoyándonos en Jesús resucitado por Dios, intuimos, deseamos y creemos que Dios está conduciendo hacia su verdadera plenitud el anhelo de vida, de justicia y de paz que se encierra en el corazón de la Humanidad y en la creación entera.
Creer en el Resucitado es rebelarnos con todas nuestras fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, humillación y sufrimientos, queden olvidados para siempre.
Creer en el Resucitado es confiar en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podremos ver a los que vienen en pateras llegar a su verdadera patria.
Creer en el Resucitado es acercarnos con esperanza a tantas personas sin salud, enfermos crónicos, discapacitados físicos y psíquicos, personas hundidas en la depresión, cansadas de vivir y de luchar. Un día conocerán lo que es vivir con paz y salud total. Escucharán las palabras del Padre: "Entra para siempre en el gozo de tu Señor".
Creer en el Resucitado es no resignarnos a que Dios sea para siempre un "Dios oculto" del que no podamos conocer su mirada, su ternura y sus abrazos. Lo encontraremos encarnado para siempre gloriosamente en Jesús.
Creer en el Resucitado es confiar en que nuestros esfuerzos por un mundo más humano y dichoso no se perderán en el vacío. Un día feliz, los últimos serán los primeros y las prostitutas nos precederán en el Reino.
Creer en el Resucitado es saber que todo lo que aquí ha quedado a medias, lo que no ha podido ser, lo que hemos estropeado con nuestra torpeza o nuestro pecado, todo alcanzará en Dios su plenitud. Nada se perderá de lo que hemos vivido con amor o a lo que hemos renunciado por amor.
Creer en el Resucitado es esperar que las horas alegres y las experiencias amargas, las "huellas" que hemos dejado en las personas y en las cosas, lo que hemos construido o hemos disfrutado generosamente, quedará transfigurado. Ya no conoceremos la amistad que termina, la fiesta que se acaba ni la despedida que entristece. Dios será todo en todos.
Creer en el Resucitado es creer que un día escucharemos estas increíbles palabras que el libro del Apocalipsis pone en boca de Dios: "Yo soy el origen y el final de todo. Al que tenga sed, yo le daré gratis del manantial del agua de la vida". Ya no habrá muerte ni habrá llanto, no habrá gritos ni fatigas porque todo eso habrá pasado.
"Hoy, reproponiendo el grito de la Pascua, la Iglesia dirige al mundo un anuncio de esperanza. Todo hombre, toda mujer de esta tierra puede ver al Resucitado, si acepta buscarlo y dejarse buscar. El evangelista Juan nos hace saber que la primera persona en descubrir los signos del Resucitado es una mujer llena de sensibilidad, de afecto, de ternura. Sin embargo, Jesús se revela también a grupos de personas, incluso a quinientos hermanos a la vez; es decir, a gentes de distintos temperamentos, de distintos caminos, gente en situaciones morales diferentes. El Crucificado resucitado, Hijo Único del Padre, dona la Resurrección a toda esta masa humana, a los hermanos y a las hermansa de todo tiempo y de toda raza. La Resurrección marca, pues, el paso mediante el cual revisamos nuestro modo estrecho de concebir a Dios, nos convertimos de la tristeza y de la mezquindad a una visión amplia del universo, abierta a la eternidad (...).
Hoy no hay cabida en nosotros para la desconfianza, la tristeza, el desánimo, sino para la disponibilidad a dar espacio a aquella esperanza increíble, pero auténtica que nace de la Resurrección de Jesús, del mensaje de que Dios es Padre, que da la vida a todos nosotros sus hijos y de que nadie está excluido de ese don extraordinario".
(Carlo M. Martini, Las Narraciones de la Pasión, 180-181)
Hay algo que todos queremos unánimemente en todo el mundo: santos y pecadores, paganos y cristianos, grandes y chicos. Todos convenimos en una aspiración: La alegría; todos queremos ser felices.
Por eso, quien ha conseguido la felicidad ejerce una influencia inmensa, un poder de atracción enorme. Todos lo admiran, lo envidian, buscan su compañía, se sienten bien junto a él. En cambio, un hombre por más virtuoso que sea, si vive melancólico merecerá que se diga: Un santo triste, es un triste santo. Si vive lamentándose de todo, del tiempo, de las costumbres, de los hombres..., los hombres terminarán por alejarse de él, pues el corazón humano busca la alegría, lo positivo, el amor.
Y ¿cómo conseguir esa actitud de alegría que hay que tener en sí antes de poder comunicarla a los demás? Es necesario comenzar por salir del ambiente enfermizo de preocupaciones egoístas. Hay gente que vive triste y atormentada por recuerdos del pasado, por lo que los demás piensan de él en el presente, por lo que podrá ocurrirle en el porvenir. Viven encerrados en sí mismos y, claro está, no pueden salir. Cada idea que les viene a la mente parece hundirlos más en su pesimismo. Se parecen al que se hunde en el barro que mientras forcejea solo por salir, se hundirá más y más. Necesita tomarse de una fuerza extraña, distinta, para poder salir. Que se olviden, pues, de sí y se preocupen de los demás, de hacerles algún bien, de servirlos y los fantasmas grises irán desapareciendo. La felicidad no depende de fuera, sino de dentro.
No es lo que tenemos, ni lo que tememos, lo que nos hace felices o infelices. Es lo que pensamos de la vida. Dos personas pueden estar en el mismo sitio, haciendo lo mismo, poseyendo igual, y, con todo, sus sentimientos pueden ser profundamente diferentes.
Más aún: en los lazaretos, en los hospitales del cáncer se encuentran almas inmensamente más felices que en medio de las riquezas y en plenitud de fuerzas corporales. Una leprosa a punto de morir ciega, deshechos sus miembros por la enfermedad, escribía: "La luz me robó a mis ojos. A mi niñez su techo, mas no robó a mi pecho, la dicha ni el amor".
La alegría no depende de fuera, sino de dentro. El católico que medita su fe, nunca puede estar triste. ¿El pasado? Pertenece a la misericordia de Dios. ¿El presente? A su buena voluntad ayudada por la gracia abundante de Cristo. ¿El porvenir? Al inmenso amor de su Padre celestial.
Para quien sabe que no se cae un cabello de nuestra cabeza sin que el Padre de los cielos, que es al propio tiempo su Padre, lo sepa ¿qué podrá entristecerlo? Como decía Santa Teresa: "Dios lo sabe todo, lo puede todo; me ama". La gran receta para tener alegría, es vivir de fe.
Quienquiera ayudarse también de medios naturales comience por no dejarse tomar por una actitud de tristeza. Sonría aunque no quiera; y si ni eso puede, tómese los cachetes y haga el paréntesis de la sonrisa.
No basta sonreír para vivir contentos nosotros. Es necesario que creemos un clima de alegría en torno nuestro. Nuestra sonrisa franca, acogedora será también de un inmenso valor para los demás.
¿Sabes el valor de una sonrisa? No cuesta nada pero vale mucho. Enriquece al que la recibe, sin empobrecer al que la da. Se realiza en un instante y su memoria perdura para siempre. Nadie es tan rico que pueda prescindir de ella, ni tan pobre que no pueda darla. Crea alegría en casa; fomenta buena voluntad y es la marca de la amistad. Es descanso para el aburrido, aliento para el descorazonado, sol para el triste y recuerdo para el turbado. Y, con todo, no puede ser comprada, mendigada, robada, porque no existe hasta que se da. Y en el último momento de compras el vendedor está tan cansado que no puede sonreír ¿quieres tú darle una sonrisa? Porque nadie necesita tanto una sonrisa, como los que no tienen una para dar a los demás.
¿Cómo te dispones para iniciar la Cuaresma? Te sugerimos algunos puntos inspirados en el pasaje de la Samaritana (Jn 4):
1. “Dame de beber”
Comienza a pensar en el otro, comienza la cuaresma con un pequeño gesto de amor.
2. “¿Cómo tú me pides de beber a mí…?”
Un pequeño gesto de amor hace surgir la pregunta: ¿por qué lo tengo que hacer?
La fraternidad llega incluso donde no existe la amistad. No nos deben desconcertar las dificultades o diferencias. No son la última palabra de nuestra vida de consagrados. ¿Encuentras una respuesta que te motive a entregarte generosamente?
3. “Si tú conocieras el don de Dios”
La consagración es la obra de Dios, no nuestra obra. Los momentos de oscuridad, crisis o cansancio no cambian nuestro estado de personas consagradas; no cambian lo que somos ante Dios. ¿Hacia dónde se inclina el barómetro de tu confianza? ¿Hacia Dios o hacia tus propias fuerzas?
4. “Señor, el pozo es profundo y tú no tienes con qué sacar el agua”
La humanidad de Jesús nos crea problemas. Confiarse a él. Entrar en un camino desconocido. ¿Qué seguridades te impiden todavía seguir sus pasos?
5. “Nunca más tendrás sed”
Jesús invita a hacer un examen de nuestra vida. ¿Cuáles son las alegrías efímeras que no acaban de saciar nuestra sed? ¿Qué nos van haciendo solidamente felices? ¿Cuál es la alegría que perdura?
La Navidad es la celebración de la acción comunicativa más plena y definitiva que ha registrado la historia: Dios quiso decir una Palabra que no se quedó ya en el vacío del aire que se expulsa por la boca, sino que se hizo carne, sangre, hueso, historia, tiempo, cultura, llanto, risa... Dios dijo una Palabra viva en la persona de Jesús y esta comunicación de Dios con nosotros ha sido, es y seguirá siendo un motivo de gran alegría para todo el pueblo.
Celebramos la manifestación de un Dios que quiere y realiza la comunión con los hombres y las mujeres; un Dios que vive construyendo comunión entre nosotros y nos invita a buscar formas de comunicación que dejen atrás las palabras vacías de realidad para convertirse en palabras de carne y hueso; palabras que se comprometan con la historia que relatan, que lloren con las tragedias que describen, que se alegren con lo bello de la vida, que sangren con las balas que denuncian, que se rían de los chistes que recuerdan, que caminen junto al pueblo malherido, que se inflamen de esperanza con la risa de los niños.
En un mundo en el que la palabra parece haber perdido su valor y en el que decir paz, justicia, igualdad o fraternidad no es más que un discurso repetido que se pierde en el mundo de las ideas y no acierta a transformar las relaciones entre los seres humanos, tenemos que celebrar esta fiesta de Navidad dejando que nuestras existencias se conviertan en palabras vivas que comuniquen no un concepto sino un abrazo solidario, una cadena rota, una caricia tierna, una deuda perdonada, una paz hecha comida.
Solamente asumiendo esta actitud podremos dar el paso definitivo que nos lleve del reino de la palabra al imperio del Espíritu, que no se contenta con nombrar las cosas sino que las realiza en la historia, transformando la tierra de sombras y tinieblas que habitamos en una tierra de luz, que mana leche y miel. Es el camino de la Pascua judía que llevó al pueblo esclavizado a caminar por el desierto hasta una tierra de libertad. Es el camino de Emaús en el que se hace presente la vida del Resucitado para dejar atrás la tristeza y el fracaso, para correr al encuentro de la comunidad que se construye desde las fragilidades de cada uno.
En definitiva es el camino de comunicación al que nos invita hoy la Navidad: vivir de una manera renovada la dinámica transformadora del bautismo, escuchando la Palabra, que desde la fuerza del Espíritu, vuelve a hacerse carne en nuestra carne, sangre, en nuestra sangre, para ofrecer una esperanza a toda la creación que gime con dolores de parto esperando su liberación.
“Jesús de Nazaret, // palabra sin fin // en tu nombre pequeño, // caricia infinita// en tu mano de obrero, // perdón del Padre // en calles sin liturgia, // todopoderoso Señor // en sandalias sin tierras, // culmen de la historia // creciendo día a día, // hermano sin fronteras // en una reducida geografía (...) Y en cada uno de nosotros // sigues creciendo hasta que todo nombre, // raza, arcilla, credo, // culmine su estatura” (Benjamín González Buelta, S.J.).
Hermann Rodríguez Osorio.
Sacerdote jesuita, Decano académico de la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Javeriana – Bogotá
Se le llamaba Chowkidar, el término pakistaní para designar al vigía nocturno, o al guardián. Mientras me preparaba para dormir cada noche, el rasguido de su catre de cáñamo al ser colocado cerca de la puerta de nuestro dormitorio, me llenaba de gratitud y seguridad. No debía temer a lo que la oscuridad podría traer, porque nuestro guardián mantenía su vigilia. Mientras yo dormía plácidamente, él se mantenía despierto, alerta frente a cualquier intruso, responsable por nosotros y nuestras propiedades. Era la labor de su vida: servir nuestra pequeña comunidad de Hermanas con su fiel vigilancia. Confiábamos en él y estábamos seguras que haría su labor. Este sagrado período del Adviento comienza con un llamado urgente e insistente a nosotras/os, para que permanezcamos “despiertas/os” esperando la llegada de nuestro Señor. Estas palabras nos sacan de una vida de rutina y auto complacencia. Cuán a menudo fallamos de detectar, de reconocer y de abrir al divino visitante que golpea la puerta de nuestras vidas? Cada Adviento nos trae una nueva llamada a “despertar”. El poeta Rumi escribe: “Dios está en casa, soy yo el que ha salido”. Somos los Chowkidar, los guardianes de nuestros propios corazones. Por quién vigilaremos en este Adviento? Por quiénes nos despertaremos y abriremos las puertas de nuestras vidas? Nunca sabremos cuándo y cómo Nuestro Señor llegará. (Tomado de http://www.espaciosagrado.com/)
La alegría es una necesidad y una fuerza para nosotros, también psíquicamente. Una hermana que cultiva el espíritu de alegría siente menos la fatiga y está cada día dispuesta a hacer el bien. Una hermana rebosante de alegría predica sin predicar. Una hermana alegre es como el rayo de sol del amor de Dios, la esperanza de la alegría eterna, la llama de un amor ardiente. La alegría es una de las mejores garantías contra la tentación. El diablo es portador de temor y barro, toda ocasión para lanzárnoslo es buena para él. Un corazón alegre sabe cómo se ha de proteger. (M. Teresa de Calcuta)
Pascua se refiere a muchas cosas. Celebramos el poder de Dios para vencer a la muerte, al pecado y a la injusticia, pero también celebramos las voces y heridas de los que murieron en Viernes Santo.
Para ilustrar esto, me gustaría describir una de esas voces, la de una joven anónima que fue brutalmente violada y asesinada por los militares de El Salvador en 1981, en un lugar llamado con toda propiedad “La Cruz”. La historia fue reportada por el periodista Mark Danner.
Este periodista describe cómo, después de esta masacre especial, algunos soldados relataron cómo una de sus víctimas les obsesionó y cómo les resultaba imposible borrarla de sus mentes mucho tiempo después de su asesinato. Habían saqueado un pueblecito y violado a muchas de las mujeres. Una de éstas era una joven, cristiana evangélica, violada muchas veces en una sola tarde, y posteriormente torturada. Sin embargo, a pesar de todo esto, esta joven, adhiriéndose a su fe en Cristo, cantaba cantos religiosos durante su tortura. He aquí cómo lo describe uno de los soldados:
“Siguió también cantando incluso después de que le dispararan en el pecho. Yacía allí en La Cruz con la sangre fluyendo de su pecho, pero seguía cantando – un poco más suave que antes, pero todavía cantando. Y los soldados, estupefactos, la observaban y le apuntaban. Entonces, cansados ya de este juego inquietante, le dispararon de nuevo. Y ella cantaba todavía. Pero el asombro de los soldados comenzó a convertirse en miedo – hasta que finalmente desenvainaron sus machetes, la degollaron y… por fin acabó el canto” (La Masacre de El Mozote, N.Y. Vintage Books, 1994, pp.78-79)
Gil Bailie, que cuenta esta historia en su libro monumental sobre la cruz y la no violencia, se fija no sólo en la extraordinaria semejanza entre la muerte de esta joven y la de Jesús, sino también en el hecho de que en los dos casos resurrección significa que sus voces siguen vivas todavía, cuando todo con respecto a sus muertes indica que sus voces tendrían que haber muerto.
En el caso de Jesús, nadie hubiera predicho, presenciando como testigo su muerte humillante en una solitaria colina, con sus seguidores ausentes, que ésta sería la muerte más recordada de la historia. Lo mismo ocurre con esta joven decapitada y torturada. Su violación y asesinato ocurrió en un lugar muy remoto y todos aquellos que quizás hubieran querido inmortalizar su historia fueron también asesinados.
Sin embargo su voz sobrevive y sin duda seguirá creciendo en importancia, mucho tiempo después que los que la violaron y asesinaron sean olvidados. Como lo demuestran tanto Jesucristo como esta joven valiente, la impotencia y el anonimato, ligados a un corazón que es capaz de cantar las palabras: “¡Perdónalos, porque no saben lo que hacen!” mientras es violada y humillada, al fin se convierten en lo opuesto: en poder y en inmortalidad.
Una muerte de este tipo no sólo marca moralmente la conciencia de los autores asesinos y de sus simpatizantes, sino que también deja algo que nunca se puede olvidar, un eco permanente que nunca nadie silenciará. Dios resucita y revitaliza también, después del Viernes Santo, la voz de quien murió.
Un crítico literario, que recensionó el libro de Danner en el periódico New York Times, nos dice cómo, después de leer esta historia, siguió “aguzando el oído” para oír el sonido de esa canción.
La tarea de la Pascua de Resurrección es reavivar el credo dentro de nosotros mismos. Los primeros cristianos, inmediatamente después de experimentar la resurrección de Jesús, espontáneamente sellaron un credo en sólo tres palabras: “¡Jesús es Señor!” Eso, de hecho, lo dice todo. Cuando afirmamos que Jesús ha resucitado de entre los muertos y que es Señor de este mundo, estamos igualmente afirmando todas las demás verdades de nuestra fe.
Esencialmente, decimos:
que Dios está todavía finalmente a cargo de este universo, a pesar de cualquier indicación en contra;
que, a pesar de la brutalidad y de la violación, al fin, la violencia, la injusticia y el pecado serán silenciados y vencidos;
que la bondad y la amabilidad, como se manifiestan en Jesús, son lo que en el fondo subyace en la raíz de toda realidad;
que esta joven cristiana, tan brutalmente violada, ha resucitado ahora y vive, gozosamente, en el corazón de Dios;
y que su muerte, como la de Jesús, es redentora precisamente porque, como él, ella también, frente a la impotencia ante la peor brutalidad que el mundo pudo perpetrar, todavía fue capaz de decir: “Perdónales, porque no saben lo que hacen”.
Celebrar la Pascua de Resurrección es afirmar que todo esto es verdad. Pero eso exige también mucho de nosotros:
Exige, como tan acertadamente escribió el crítico literario del New York Times, que agucemos el oído para oír el sonido de aquella canción de la joven moribunda, que nos esforcemos por guardarla a ella y a su canción vivas en nuestro corazón. Ella vive todavía en el corazón de Dios, pero nosotros tenemos que guardarla también en el nuestro.
¿Por qué? No por razones sentimentales, ni simplemente porque su historia es excepcional. No. Tenemos que guardarla viva en nuestros corazones porque su canto es la levadura de la resurrección y ésa, únicamente ésa, puede resucitarnos también a nosotros para ser también excepcionales.
Una de las tareas de la Pascua de Resurrección es aguzar nuestros oídos para poder oír las voces del Viernes Santo.
Qué sentido puede tener la «Ascensión» de Jesús al cielo en una época en que ningún hombre lúcido se imagina ya a Dios como un ser que vive en un lugar celeste, por encima de las nubes?
Pero, sobre todo, ¿qué puede significar para nosotros un Salvador que ha desaparecido lejos de nosotros, cuando lo que importa de verdad es la solución de los problemas de nuestro mundo cada vez más graves y amenazadores?
Y, sin embargo, en este tiempo en que la progresiva explotación del mundo no parece ofrecernos toda la felicidad deseada y cuando se perfila incluso la posibilidad de un final catastrófico de la historia y no su consumación feliz, necesitamos escuchar más que nunca el mensaje que se encierra en la Ascensión del Señor.
Creer en la Ascensión de Jesús es creer que la humanidad de Cristo de la que todos participamos, ha entrado en la vida íntima de Dios de un modo nuevo y definitivo.
Jesús se ha ocultado en Dios pero no para ausentarse de nosotros sino para vivir desde ese Dios una cercanía nueva e insuperable, e impulsar la vida de los hombres hacia su destino último.
Esto significa que el hombre ha encontrado en Dios un lugar para siempre. "El cielo no es un lugar que está por encima de las estrellas, es algo mucho más importante: es el lugar que el hombre tiene junto a Dios".
Jesús mismo es eso que nosotros llamamos cielo, pues el cielo, en realidad, no es ningún lugar sino una persona, la persona de Jesucristo en quien Dios y la humanidad se encuentran inseparablemente unidos para siempre.
Esto quiere decir que nos dirigimos al cielo, entramos en el cielo, en la medida en que dirigimos nuestra vida hacia Jesús y vamos adentrándonos en él.
Dios tiene para los hombres un espacio de felicidad definitiva que Cristo nos ha abierto para siempre. Una patria última de reconciliación y paz para la humanidad.
Esto que será escuchado por muchos con sonrisa escéptica es, para el creyente, la realidad que sustenta al mundo y da sentido a la apasionante historia de la humanidad.
Y cuando se desvanece esta esperanza última, el mundo no se enriquece sino que se vacía de sentido y queda privado de su verdadero horizonte.
Los creyentes somos seres extraños en un mundo racionalizado, cerrado sólo a sus propias posibilidades, optimista unas veces y triste y desesperanzado otras, según los ciclos tan cambiantes de los éxitos y fracasos de la humanidad.
Pero somos seres gozosamente extraños que llevamos en nosotros una fe que nos ofrece razones para vivir y esperanza para morir.