Desde aquí queremos hacer eco del deseo expresado por Alberta Giménez: "Que Dios haga sepamos aprovechar tantos beneficios y tantos medios como pone en nuestras manos para atraernos a sí" [C. 236]. En este espacio, las Hermanas de la Pureza de María queremos hacernos conscientes de esos beneficios que recibimos diariamente de Dios, queremos acogerlos, agradecerlos, aprovecharnos de ellos, dejarnos atraer cada vez más intensamente por Él y poderlos compartir con todos vosotros.
28/5/12
Efecto mariposa
26/3/12
Reconocer la voz de Dios

Estamos rodeados por muchas voces. Rara vez hay un momento en nuestra vida, durante el día, en el que alguien o algo no nos esté llamando, y en el que, aun en las horas de sueño, los sueños y pesadillas no llamen nuestra atención. Y cada voz tiene su propia cadencia y su propio mensaje particular. Algunas voces nos invitan a entrar, prometiéndonos vida si hacemos esto o aquello, o si compramos un cierto producto o una cierta idea; otras voces nos amenazan. Algunas voces nos hacen señales para quedar atrapados en el odio, la amargura y la ira, mientras que otras nos retan hacia el amor, la misericordia y el perdón. Algunas voces nos dicen que son juguetonas y divertidas, que no deben tomarse en serio, mientras otras anuncian a bombo y platillo que son urgentes e importantes, la voz de la verdad no-negociable, la voz de Dios.
En medio de todas estas voces: ¿Cuál es la voz de Dios? ¿Cómo reconocemos la voz de Dios entre y dentro de estas voces?
La pregunta no tiene fácil respuesta. Dios, como nos dice la Escritura, es el autor de todo lo bueno, lleve o no una etiqueta religiosa. De ahí que la voz de Dios se encuentre en muchas cosas que no están explícitamente conectadas con la fe y la religión, así como, por el contrario, la voz de Dios no se encuentre en todo lo que se hace pasar por religioso. Pero, ¿cómo discernimos esto?
Jesús nos ofrece una metáfora maravillosa con la que podemos actuar; pero es precisamente sólo una metáfora: Nos dice que él es el “Buen Pastor” y que sus ovejas reconocerán su voz entre otras muchas voces. Al compartir esta metáfora, Jesús está describiendo una práctica común entre los pastores de aquel tiempo: Por la noche, para asegurar protección y compañerismo, los pastores juntaban sus rebaños en un cercado o aprisco común. Entonces, por la mañana, separaban las ovejas valiéndose de su voz. Cada pastor tenía entrenadas a sus propias ovejas para aprender a reconocer su voz y sólo su voz. El pastor se alejaba un poco del aprisco llamando a sus ovejas, con frecuencia llamándolas por su nombre individual, y ellas le seguían. Sus ovejas estaban tan en sintonía con la voz de su pastor que no seguían la de otro, aun cuando a veces otro pastor intentara engañarlas imitando la voz de su propio pastor (los pastores con frecuencia hacían eso para intentar robar las ovejas del otro). Como un niño que, en un cierto momento, no se deja mimar por la voz de una niñera, sino que quiere y necesita la voz de su madre, así cada oveja reconocía íntimamente la voz de quien les guardaba; y no seguían la voz de otro.
Así pasa también con nosotros: en medio de todas las voces que nos rodean y nos hacen guiños, ¿cómo discernimos la cadencia única de la voz de Dios? ¿Cuál es la voz del Buen Pastor?
No tenemos fácil respuesta y a veces lo mejor que podemos hacer es fiarnos de nuestro propio instinto sobre lo bueno y lo malo. Pero tenemos una serie de principios que nos pueden ayudar, y que proceden de Jesús, de la Escritura y de los pozos profundos de nuestra tradición cristiana.
Lo que sigue a continuación es una serie de principios que nos ayuden a discernir la voz de Dios entre las muchas voces que nos hacen guiños para llamar nuestra atención. ¿Cuál es la cadencia única de la voz del Buen Pastor?
Se reconoce la voz de Dios en los susurros y en los tonos suaves, mientras es reconocida también en el trueno y en la tormenta.
Se reconoce la voz de Dios dondequiera se observe vida, alegría, salud, color y humor, mientras se la reconoce también dondequiera uno percibe muerte, sufrimiento, forzada pobreza y espíritu derrotado.
Se reconoce la voz de Dios en lo que nos llama a lo más elevado, nos sitúa aparte y nos invita a la santidad, mientras se la reconoce también en todo lo que nos llama a la humildad, a la inmersión en la humanidad y en lo que rechaza denigrar a nuestra humanidad.
Se reconoce la voz de Dios en lo que aparece en nuestras vidas como “extranjero”, como otro, como “extraño”, mientras se la reconoce en la voz que nos hace señas para entrar en nuestro hogar.
La voz de Dios es la que más nos reta y nos exige, mientras, en última instancia, es la única voz que nos tranquiliza y nos consuela.
La voz de Dios entra en nuestras vidas con el mayor de los poderes, mientras permanece siempre en vulnerabilidad, como un niño indefenso en el pesebre.
La voz de Dios se oye siempre de modo privilegiado en los pobres, mientras nos hace señales a través de la voz del intelectual y del artista.
La voz de Dios nos invita siempre a vivir por encima de todo miedo, mientras nos inspira un santo temor.
La voz de Dios se oye en los dones del Espíritu Santo, mientras nos invita a no negar nunca las complejidades de nuestro mundo y de nuestras propias vidas.
La voz de Dios se oye siempre allí donde haya auténtico placer y gratitud, mientras nos pide negarnos y morir a nosotros mismos y relativizar con libertad todo lo de este mundo.
La voz de Dios –eso parece– se encuentra siempre en la paradoja.
Ron Rolheiser (Traducción Carmelo Astiz) - Lunes 26 de Marzo del 2012
Fuente: http://www.ciudadredonda.org/articulo/buscando-a-dios-entre-muchas-voces
4/2/12
Con un espíritu de gratitud

Solanus Casey (1870-1957) fue un capuchino franciscano, originario de Estados Unidos, que pasó la mayor parte de su vida en Michigan e Indiana. Durante sus primeros años como franciscano sus superiores no creían mucho en él en relación a lo exigido para los demás miembros de la comunidad, así que decidieron asignarle el cargo de portero o guardián. Este trabajo le ofreció la oportunidad de hablar con muchísima gente. Para quienes le hablaban de sus problemas, Solanus les ofrecía consuelo y consejo. Con el paso del tiempo, la gente que hablaba con él notaba que sus problemas desaparecían, sus enfermos sanaban, y sus relaciones humanas se sanaban. Aun cuando no ocurría un cambio inmediato en sus circunstancias, se sentían mejor respecto a sí mismos y con más fuerza para enfrentar sus problemas. Hacia el final de la vida de Solanus, su pequeña asignación como portero le había hecho una figura bienamada y respetada. Cuando murió, más de 20,000 personas acudieron a su funeral. Hoy por hoy, la Iglesia lo está considerando en un proceso de canonización.
Quienes conocieron a Solanus dicen que tuvo una confianza ilimitada en Dios y creía firmemente que podíamos obtener algo bueno de cualquier situación. Una de sus frases favoritas era: “dar gracias por adelantado”. En otras palabras, confía en Dios y dale gracias sin importar lo que suceda; Dios nunca te abandona. El ser capaces de reconocer la presencia de Dios en todas las cosas y eventos ayuda a construir una fe sólida. Para Solanus, la aceptación de la voluntad de Dios, en lo bueno y en lo malo, le concedió la paz, la confianza, y una fuerza espiritual increíble. Esto se corroboró en una vida de gratitud, simplicidad y construcción de lo que Solanus creyó que era el destino de cada persona: el alcanzar una relación plena con Dios y con los demás.
Todo cuanto sucede—placentero y doloroso—presenta una oportunidad espiritual: Dios te llama a algo bueno y santo en cada experiencia. Solanus Casey dijo que una cosa que podemos intentar a cada momento es ser agradecidos.
7/10/11
Aquí, ahora...

Nos hace bien caer en la cuenta de aquellas personas que son nuestro lugar de arraigo, allí donde compartimos dones y recibimos de los demás los suyos, para poder agradecer y afirmar la vida. Esta vida concreta nuestra. Hace poco leí algo que me ayudó, decía más o menos así: « Buscamos otro lugar, otro tiempo, y pensamos, no aquí, no ahora, no esto…y justo lo que nos dispone a la vida es lo contrario: Sí aquí, sí ahora, sí esto ». Ese abrir nuestras manos a lo que se nos ofrece en este momento, sin juzgar, sin querer otra cosa, aceptando lo que es, tomándolo confiadamente; como el «hágase» de María. Esa receptividad que nos devuelve el gusto por vivir, la luz en los ojos, y las ganas de ir diciendo a la gente que encuentras: «me alegra que existas, qué regalo saberte ahí».
Me río porque me viene ahora lo que decía una joven acerca de las monjas: « unas mujeres ocupadas que siempre tienen prisa », y quisiera en este curso que estrenamos saber soltar esas prisas y esa ocupación, y poder ofrecer un espacio tranquilo, abierto, tejido de calidez y por qué no, también de belleza, donde poder recibir sin premura. Lo agradezco tanto cuando lo encuentro en otras.
Mariola López, rscj
24/9/11
Estrés y descanso... compasión.

Jesús recibe a los que vuelven de la misión con unas palabras que bien pueden considerarse como todo un “estilo de vida”: “Venid a un sitio tranquilo a descansar un poco”.
Descanso es lo opuesto a estrés. Éste se produce porque estamos en un sitio y queremos estar en otro; aquél sólo es posible cuando vivimos la aceptación del momento presente.
El estrés nos divide interiormente y tiende a “rompernos” porque, estando en un lugar y un momento, nos hace desear otro diferente. O porque, hallándonos de un modo determinado, nos agitamos porque querríamos estar de otro distinto.
En ambos casos, quien introduce el estrés –y la ansiedad- es nuestra mente –el yo-, que siempre coloca su sueño de felicidad en el futuro. Dado que no puede vivir en presente –en el que literalmente se disuelve-, y dada también su inconsistencia radical, el yo se proyecta constantemente a un futuro siempre inalcanzable, manteniendo de ese modo la ilusión de existir como entidad independiente.
Es cierto que, en el estrés y la ansiedad, hay intensidades muy diversas, dependiendo de factores externos e internos, muy ligados en cualquier caso al vacío afectivo de origen. A mayor vacío, más necesidad de compensar compulsivamente, más hiperactividad mental y más prisa-huida hacia el futuro.
Pero no es menos cierto que, en toda vivencia de estrés, hay una mente no observada: un conjunto de pensamientos y sentimientos que parecen tener vida propia y que terminan encerrando a la persona en callejones sin salida, donde no queda otra posibilidad que la angustia (de “angustus”: estrecho, cerrado, sin salida).
Si la característica del estrés es la huida del momento presente, y su factor común es la mente que “va por libre”, el descanso sólo podrá venir de la mano de una mente observada, que permite a la persona morar en la aceptación del instante presente.
Observar la mente permite tomar distancia de todo lo que se mueve en ella, para poder caer en la cuenta de que no somos aquello que pasa por ella, sino el Testigo ecuánime que la observa.
Puedes ejercitarte de esta manera: Visualízate a ti mismo/a en la nuca, dirige tu mirada hacia la frente, y pregúntate: ¿qué estoy pensando?, o ¿qué estoy sintiendo?, manteniendo siempre una distancia que no se implica.
Toma conciencia de que todo aquello que puedes observar no son sino “objetos” que hay en ti, pero en ningún caso tú mismo/a; es una película que tu mente está proyectando, pero en ningún caso tu identidad. No te reduzcas, por tanto, a esa película. Eres la Conciencia-Testigo que es consciente de lo que ahí ocurre.
Observar la mente se convierte así en la mayor fuente de libertad interior, dado que no hay nada externo que pueda esclavizarte sino tu propia reducción a aquélla.
Pero, además de libertad, la observación de la mente aporta la capacidad de permanecer en el aquí y ahora, porque se ha apaciguado la fuente de toda huida al futuro, que no era otra que la propia mente, en su tarea titánica de autoafirmarse como “yo”.
Acallada la mente, deshecha la identificación con el yo, sólo queda la Presencia, que sabe a descanso, a plenitud y a unidad.
El “sitio tranquilo”, de que habla el evangelio, no es otro que éste: la Presencia; el modo de “venir a él” pasa por observar la mente, a distancia, sin “pensar los pensamientos”, para posibilitar su silencio y, con él, la emergencia de la plenitud que, de otro modo, queda opacada.
Por eso, no luches con los pensamientos para intentar acallarlos; de ese modo, sólo lograrás incrementarlos. Basta que, situándote en el presente, digas: “Esa mente no soy yo”, “esos pensamientos incesantes no soy yo”…
Cuando dices esto, estás viniendo ya al presente. Presente es el no-tiempo, y es lo único que existe. Todo es ahora, y únicamente existe ahora. De hecho, no puedes estar fuera de él, ni cuando “vuelves” al pasado ni cuando proyectas el futuro; en un caso y otro, sólo puedes estar en lo único que existe: el instante presente, el Ahora atemporal, el “lugar” del descanso y de la plenitud.
En la segunda parte de este breve texto, el narrador acude a la imagen del “pastor” para presentar a Jesús. En la tradición profética, se había hablado del “pastor de Israel”, al que se identificaba con el Mesías (Libro de Jeremías 23,4-8; Libro de Ezequiel 34,23), como el que alimentaría a su pueblo. Alimento que se refiere tanto a la enseñanza como a la comida, según el doble significado del alimento/pan en el judaísmo.
Por eso, el texto habla de “enseñanza” –“se puso a enseñarles con calma”- y de “pan” –a continuación se narra el episodio conocido como la “multiplicación de los panes”-. De ambas maneras, Marcos presenta a Jesús como el alimento del pueblo.
Y lo que desencadena su reacción es el sentimiento que experimenta al ver a la multitud que andaba “como ovejas sin pastor”. Un sentimiento característico de Jesús que, en la presente traducción, se nombra como “lástima”. Pero hay otros términos y expresiones castellanas que podrían traducir mejor el original griego: sentir compasión o conmoverse en las entrañas.
En el lenguaje habitual, “lástima” parece referirse a un sentimiento, quizás intenso, pero en todo caso superficial o epidérmico, que no lleva a ninguna acción. “Compasión”, por el contrario, significa la capacidad de ponerse en el lugar del otro y de ver y sentir las cosas como él las ve y las siente, activando un movimiento de ayuda.
En cualquier caso, más allá de las palabras empleadas, se alude al sentimiento profundo de quien se pone “en la piel” del otro, vibra con su situación y se vuelca en una acción eficaz de ayuda. Recordemos la acción que se desata en el samaritano de la parábola en cuanto siente compasión por el hombre malherido: “Se acercó y vendó sus heridas, después de habérselas curado con aceite y vino; lo montó en su cabalgadura, lo llevó al mesón y cuidó de él; sacó dos denarios…” (evangelio de Lucas 10,33-35).
Esa compasión que mueve las entrañas y se traduce en un servicio eficaz es uno de los rasgos más característicos de la persona de Jesús.
Los cristianos vemos en Jesús el “Rostro” humano de la Divinidad. Al hilo del evangelio parece adecuado afirmar que Dios es Descanso y es Compasión, la Presencia atemporal, sabia y amorosa, en la que todo es.
Enrique Martínez Lozano
11/7/11
TIERRAS DEL ESPÍRITU
“ No te rindas , por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se ponga y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños.
Porque cada día es un comienzo nuevo,
porque esta es la hora y el mejor momento.
porque no estás solo, porque yo te quiero . "
Hasta el final el miedo y el frío, se presentan como compañeros de viaje que vienen a apagar los sueños y las brasas. Me impacta en la secuencia del Espíritu cómo se nombra la realidad sobre la que clamamos su venida: tierra en sequía, corazón enfermo, hielo. Como si esa fuera la tierra propicia donde el Espíritu actúa. Como si ninguna situación pudiera apartarnos de su visita, al contrario a mayor desvalimiento mayor proximidad. Toda tierra baldía es buena para el Espíritu. Es un buscador incansable de fragilidades, y de intemperies. En el no-amor, en la no-existencia, en la no-posibilidad, viene como un “sí” imparable que comienza de nuevo a contarnos la historia: “en el principio fue la relación”. En la callada voz del amor toda realidad queda bendecida: los demonios , los desiertos y sus fieras, los ladrones que saquean y matan… Hasta los infiernos de la realidad baja para encontrarnos y besar cada vida. Con su beso una identidad nueva que era nuestra y habíamos perdido : nadie será ya extranjero , ni enemigo,“ nadie hará daño a nadie , porque la tierra estará llena del conocimiento del Señor como colman las aguas el mar” (Is 11, 9).
Hay una canción que dice : “ al lugar donde has sido feliz deberías tratar de volver ” , y los años nos descubren , ojalá que lo hagan , que ese lugar no es un espacio físico, ni está ubicado en el tiempo , sino que ese lugar está adentro, viene con nosotros donde vamos. Son las tierras del Espíritu y habitarlas es nuestra promesa. Aquellas tierras prometidas a nuestros padres y madres, y a todos aquellos que no tienen casa ni pan. Hay que descalzarse para entrar en esas tierras, hacerse cada vez más ligeros, más humildes; no retener nada, y recoger para que no se pierda ni uno sólo de los fragmentos de la vida, ni uno sólo de los rostros más pequeños. Hasta llenar los cestos de la Realidad con inmensa gratitud porque todos han podido saciarse de sus dones.
Las tierras del Espíritu albergan miles de nombres. Se llaman esperanza para unos inmigrantes subsaharianos sin papeles ni cobijo. Se llaman amada paz para las mujeres y niñas de Afganistán que buscan con su rostro cubierto sobrevivir a tanta barbarie. Se llaman libertad para los secuestrados largos años en cárceles y en selvas. Toman el nombre de justicia para generaciones de africanos que mueren de hambre en su continente expoliado. Se llaman belleza , porque todo lo creado es bueno y precioso, (“las lámparas son diferentes pero la luz es la misma ”, decía Rumi ); y se llaman siempre humanidad.
Igual que Jesús se encarnó, también nosotros nos hacemos hombres y mujeres, nos hacemos cada vez más humanos, por obra del Espíritu Santo . Él , Ella, nos hace presentir lo amados que somos, que en el Uno nunca estamos solos; “en el Uno estás siempre en casa”, y que esta es la hora, para cada uno de nosotros, y el mejor momento.
“ No te rindas, aún estás a tiempo ”
Mariola López, srcj.
27/6/11
Contando estrellas

No me ha resultado difícil identificarme con los sentimientos de Abram en esta escena que precede a la alianza que Dios hará con él. Es la experiencia del desencanto, del vacío, de la «infecundidad». Recordaba esos momentos en que uno se ha ilusionado, empeñado, trabajado, preparado y sudado haciendo algún trabajo... y el resultado no ha sido el esperado. Esos momentos en que las declaraciones u opciones de nuestras autoridades eclesiales o de los responsables laborales no las compartimos, nos duelen, nos escandalizan, o incluso nos parecen abiertamente equivocadas... Esos momentos en los que tu Comunidad o tu parroquia, o la gente en que confiabas te decepciona. Esos momentos en que te miras a ti mismo y te desanimas al ver que no avanzas, que metes la pata, que no consigues que se cumplan tus sueños y proyectos... Esos momentos en que no ves que otros se identifiquen con tus ideales, que no ves un posible relevo, en que te parece que cada vez somos menos, que somos los de siempre, pero más cansados... Esos momentos en que podríamos decir que estamos a oscuras, que se nos ha hecho de noche.
Me tranquiliza y llena de esperanza al ver que Dios se ha dado cuenta del desánimo, la tristeza o el vacío de Abram, y se le acerque, tomando la iniciativa, con este saludo: primero de todo «no temas». Porque sí, el miedo, el temor, el acobardarse suelen ser las reacciones humanas normales ante situaciones que percibimos como sin salida, «negras». En segundo lugar «yo soy tu escudo», no eres tan vulnerable como pensabas, yo no voy a permitir que todos esos sentimientos te dañen, yo te protejo y te defiendo.
Abram reconoce que las cosas le han ido bien, que tiene «cosas» abundantes, recibidas de Dios, pero se atreve a quejarse, e incluso a reprochar a Dios: ¿para qué todo eso si no ve un futuro que le ilusione? No tener futuro es duro, triste, frustrante. Sí, ¿para qué todo eso por lo que vengo luchando, y me esfuerzo, esa Iglesia, ese grupo, esa comunidad, ese grupo de trabajo, ese proyecto que he soñado y construido... si no veo los resultados que quisiera, si se agota conmigo y cualquier otro me sustituirá y hará con ello lo que le dé la gana?
Pero el Dios que se le acerca es el Dios de las promesas, el Dios del futuro, el Dios que abre horizontes, que hace posibles los sueños. Y lo «saca»: «El Señor lo sacó afuera». No sabemos de dónde. Pero lo saca. Este Dios es «el que te sacó de Ur de los Caldeos». Parece como si Dios quiere enseñarle que a veces todo es muy oscuro porque nuestra «tienda» es muy, demasiado pequeña, y entonces es fácil sentirse asfixiado, agotado, aburrido... El Señor que quiere que miremos al cielo (que le miremos a Él) y que nos pongamos «a contar estrellas». Pues sí, hay muchos puntos luminosos en la noche, hay muchos -aunque puedan parecernos pequeñitos- signos de esperanza, la noche no es noche del todo.
Además la «fecundidad» es cosa de Dios. Hay que atreverse a confiar, a ponerse en sus manos. Yo tendré que hacer lo que me pida, por raro que me parezca (vaya cosas que le pide Dios: una ternera, una cabra, un carnero, una tórtola y un pichón... !!!!). Hacer lo que tengo que hacer, probablemente lo mismo que estaba haciendo, aunque «fuera» al descubierto, al raso, dándome cuenta de las muchas estrellas...porque Dios se compromete conmigo. Él hará el resto. Yo seré su «siervo inútil» como explicará Jesús en el Evangelio.
Pero tengo que «creer». «Abram creyó al Señor», le hizo caso, se fió de él. No verá personalmente cumplidas aquellas promesas (la tierra y una larga descendencia), sólo «un hijo de sus entrañas». Es un pobre comienzo. Nosotros, cristianos, hemos recibido un «hijo de las entrañas de Dios». Es mucho más que lo que recibió Abram. Y el horizonte se nos ha abierto infinitamente. No recibiremos una tierra, sino «todo», porque en Él Dios nos ha enriquecido con toda clase de bienes espirituales y celestiales. Después de la noche de Pascua no ha sido un puñado de estrellas en el cielo lo que hemos podido ver, sino todo un Sol que nace de lo alto.
O sea: que sí, hay futuro, hay fecundidad, hay horizonte. Pero hay que creer. Hay que confiar. Tengo que creer, tengo que confiar. El Señor ya hará todo lo demás.
Bendito sea el Dios del futuro, el Dios de la promesa, el Dios de la fecundidad y de la vida. Él es nuestro escudo, es nuestro Dios.
Enrique Martínez, cmf.
1/6/11
Desde una perspectiva teológica: Desastres y un nuevo comienzo del universo
La conocida narración del libro del Génesis sobre la historia de la primera alianza en la Biblia toca el tema de un desastre masivo y un nuevo comienzo, una esperanza en el peor de los escenarios de nuestra situación ambiental actual.
La descripción es famosa: El cielo se calma, la luz del sol se derrama en todo el espectro de los agradables colores de un arco iris. En la historia bíblica, la catástrofe universal es muy real, así la experiencia de una ciudad devastada y el templo, marcan el fin de la soberanía.
El desastre ha terminado y el justo Noé, junto con sus hijos, escucha la palabra de Dios (Génesis 9:8-18). Hoy en día, la imagen nítida de las aguas devastadoras está muy presente para nosotros, así la reciente experiencia de las inundaciones que han afectado incluso sociedades desarrolladas como Australia en 2010 y nuevamente a principios de este año.
Noé tenía una buena razón para confiar desde el principio, incluso antes de que las aguas del diluvio llegasen. Lo que Dios quería y comunicó a los que estaban dispuestos a escuchar, se estaba cumpliendo en ese momento: “y aquí, yo establezco un pacto” (Génesis 9:8). Por primera vez, la Escritura en su original hebreo berit introduce la expresión clave en un contexto específicamente ecológico. El relato del establecimienot de la primera alianza tiene sus obligaciones y su confianza confirmada por el simbolismo de repetir siete veces berit (Génesis 9:8-17).
El primer pacto en la Biblia aparece actual para nosotros, debido a la experiencia ecológica de las sociedades modernas. El lector descubre de inmediato quien es la otra parte del pacto con Dios: Noé y sus hijos (Génesis 9:9-15) que representa la humanidad. Pero Dios dirige este pacto expresamente a “todos los seres vivos”. Por último, según el discurso posterior de Dios, el pacto se concluye con la misma tierra (Génesis 9:13).
Frente a una visión teológica común, según la cual el pacto se realiza exclusivamente con el pueblo elegido de Dios en el contexto de su historia de la salvación, la principal y primera alianza nunca cancelada es muy amplia, abarcando tanto la totalidad de la humanidad, a través de todas las generaciones, como a todo el entorno natural. No es una noción puramente espiritual, cuando los narradores destacan que Dios está estableciendo un pacto con “todos los vivientes” (Génesis 9:15-17), apuntando ya a la noción de la Encarnación, tan central para el pensamiento cristiano del Nuevo Testamento. Dios está haciendo un pacto con todos los vivientes.
Hoy somos conscientes de que no sólo las condiciones físicas y químicas de la vida en nuestro planeta azul es un milagro astronómico, sino también que toda la Tierra es un sistema interdependientes y mutuamente relacionado, una red compleja y recíprocamente interactiva de vida. Desde su inicio, las Escrituras reconocen esta dimensión cósmica. En cierto modo, la universalidad ecológica de la primera alianza corrige el relato sobre la creación del primer capítulo del Génesis. Si allí era posible ver al hombre con autoridad sobre la naturaleza, el destino de Noé hace inequívocamente claro que el cosmos entero está bajo la protección de Dios.
El signo de la alianza – el arco iris – es profundamente significativo, porque va más allá de simbolismo puramente literario, y es parte de nuestro mundo real. El arco iris atrae a nuestros ojos, es hermoso y evidente, y eleva nuestra mirada al cielo: al mismo tiempo, nunca aparece cuando queremos. Esta señal sigue siendo un misterio, más allá de nuestro poder y control.
El arco iris es también una señal de que no se limita a la esfera sacra y religiosa en el sentido estricto, sino que es un fenómeno físico, recordando que todos los seres creados son un don de Dios. Esta alianza “ecológica” es anterior, y más extensa y profunda que el pacto histórico entre Dios y el “pueblo escogido”. La naturaleza antecede a la gracia – como insistía tanto Tomás de Aquino – y Noé y su destino nos recuerdan que la propia naturaleza es obra de Dios, un beneficio central y bendición del Creador. La naturaleza es el primer don de la historia, y la naturaleza es la primera gracia que se nos confía.
Niko Bilić, SJ.
Si os ha gustado esta reflexión, podéis encontrar otras igualmente interesantes en la siguiente web: Ecología y jesuitas en comunicación
23/4/11
16/3/11
Conversión, camino escabroso o aventura fascinante?
10/2/11
Congreso Sagrada Escritura

8/2/11
2/10/10
La gratuidad de la cosecha

Ping llenó una matera con tierra y plantó la semilla. La rociaba todos los días. Los días pasaron pero nada germinaba en la matera. Ping estaba muy triste. Entonces tomó una matera más grande y echó en ella la mejor tierra y tomó la semilla y la plantó. Esperó dos meses más y no pasó nada. Poco a poco paso un año entero. Llegó la primavera y los niños vistieron sus más preciosos trajes para agradar al Emperador. Se dirigieron a la plaza con sus hermosísimas flores, esperando cada uno que sería el escogido. Ping se sentía avergonzado con su matera vacía. Pensó que los demás niños se burlarían de él. Sin embargo, fue a la plaza. El Emperador observaba detenidamente todas las flores. ¡Qué flores tan hermosas! Pero el Emperador no decía ni una palabra. Finalmente, se acercó a Ping, quien agachó su cabeza lleno de vergüenza esperando que sería castigado. El Emperador le preguntó: "¿Por qué trajiste una matera vacía?" Ping comenzó a llorar y respondió: "Planté la semilla que usted me dio, la rocié cada día, pero no germinó. La sembré en una matera más grande, le puse una tierra mejor y tampoco germinó. Esperé un año entero pero nada creció. Por esta razón hoy vengo ante su presencia con una matera vacía. Hice lo mejor que pude".
Cuando el Emperador escuchó estas palabras, se dibujó en su rostro una sonrisa y puso su mano sobre el hombro de Ping. Luego exclamo: "¡Lo encontré! ¡Encontré a la única persona digna de ser Emperador! No sé de dónde sacaron las semillas que ustedes cultivaron. Porque las semillas que yo les di, habían sido cocinadas. Por lo tanto, era imposible que pudieran germinar. Admiro a Ping por el valor que ha tenido para venir delante de mi con su vacía verdad. Por lo tanto, ahora lo premio con el reino y lo nombro mi sucesor.
Si somos sinceros, más del noventa por ciento de las cosas que hacemos en nuestra vida, no tiene otra finalidad que buscarnos a nosotros mismos. El egoísmo es tan sutil, que nos engaña aún en nuestras buenas acciones. Reclamamos, exigimos, solicitamos que se nos tenga en cuenta de mil formas cada día... Pasamos factura por nuestras buenas obras. Queremos que se nos reconozca lo buenos que somos. Hemos hecho todo lo que nos correspondía hacer, y esto, automáticamente, nos hace merecedores de una recompensa por parte de Dios. Pocas experiencias tan importantes para aprender de la gratuidad, como la siembra y la cosecha. El campesino que siembra la semilla y recoge la cosecha, sabe que él ha sido responsable de ciertas condiciones externas que han facilitado las cosas, pero también es consciente de que el crecimiento y el fruto, es solamente obra y regalo de Dios. Esta bella historia nos recuerda que nosotros no somos dueños del crecimiento ni de los frutos, y que tener fe es hacer lo mejor posible las cosas, para que Dios realice su obra de salvación a través nuestro.
Hermann Rodríguez Osorio, SJ.
18/9/10
Caminos sobre el mar?
Caminos
Estamos en la época de los caminos, los métodos, los proyectos, los planes, las hojas de ruta, las programaciones, los mapas de recorrido…. Quedamos emplazados ante una complejísima red de pistas, caminos, comunicaciones, procesos que hemos de recorrer para responder a las interpelaciones del apostolado, de la espiritualidad, de la formación. Las comunicaciones vía email, o vía propaganda que recibimos no son pocas. Abrimos el mapa de recorridos que se nos proponen y nos abruma la propuesta de tanto itinerario.
Quienes asumen alguna responsabilidad de gobierno, de animación apostólica o espiritual o formativa se creen obligados -en conciencia y por responsabilidad- a programar, proyectar y lanzar nuevas iniciativas. Esto, que en principio, puede ser excelente, se enreda con otras iniciativas múltiples, provenientes de otras instancias a otros niveles (Santa Sede con sus Congregaciones y Comisiones Pontificias, Conferencias episcopales y sus comisiones, conferencias de religiosos y sus comisiones -tanto a nivel mundial como nacional, como regional o local, gobiernos generales y sus comisiones y secretariados, gobiernos provinciales y sus comisiones y secretariados). Quien quiera someterse a todas estas instancias y propuestas, ¿no sentirá la sensación de sentirse perdido en esa gran maraña de caminos o autopistas que se le ofrecen? Y como esto acontece en una vida religiosa con mayoría de ancianos y minoría de jóvenes ¿no resultará todo ello excesivo tanto para unos como para otros? Me viene a la mente la exhortación de nuestro Maestro:
“Marta, Marta,, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10, 41-42).
Yo me pregunto: ¿cuál es la meta de tanto camino? ¿Sabemos bien a dónde vamos? ¿Damos la impresión de grupos de personas que saben lo que quieren y marchan con pie firme hacia una meta? O ¿parecemos más bien gente perdida, desorientada y entretenida en tareas o trabajos sin sentido? ¿Se han planteado seriamente quienes programan hacia qué meta hay que dirigirse y cuáles son los caminos y propuestas que permiten llegar a ella?
Un relato
Recuerdo una de las escenas de “Alicia en el país de las maravillas” de Lewis Carroll. Alicia se encuentra con una pobre criaturita que creía ser un niño,. Lo tomó en sus brazos, pero al advertir que era un cerdito, lo dejó libre y se echó a trotar y adentrarse en el bosque. Entonces Alicia advirti;o que, sentado en una rama, estaba el Gato de Cheshire que sonreía y se atrevió a preguntarle: “¿Podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí? El gato le respondió: “Eso depende, en gran parte del sitio al que quieras llegar”. “No me importa mucho el sitio” -replicó Alicia. “Entonces tampoco importa mucho el camino que tomes” -contestó el Gato. “Siempre que llegue a alguna parte…” -dijo Alicia como explicación. “¡Oh, siempre llegarás a alguna parte -aseguró el Gato-, si caminas lo suficiente!”. A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja.
Como vemos en esta historia, Alicia no tenía ni meta, ni visión. Así nos ocurre, también a nosotros, cuando en medio del enmarañado bosque de esta vida nos preguntan a dónde queremos ir o se nos presentan los más variados caminos.
La meta: ¡lo único necesario!
¿Cuál es la meta de todos nuestros caminos? Nos pueden responder quienes ya la conocen. Los místicos nos dicen que la meta de toda vida cristiana y humana es llevar a culminación la Alianza que se ha establecido entre Dios y el ser humano. Es una Alianza de amor que solo culmina con la unión más estrecha entre quienes se comprometen a ella. De lo que se trata es de “vivir en Alianza de amor” y posibilitar el sueño que esa Alianza implica. Abraham Joshua Heschel -gran teólogo judío- explica así la Alianza según la Biblia:
«La Biblia habla no sólo de una búsqueda de Dios por parte del hombre, sino también de la búsqueda del hombre por parte de Dios. ‘Me has cazado como a un león’, exclamó Job… La fe brota del temor, de la consciencia de estar expuestos a su presencia [la divina], del anhelo de responder a la llamada de Dios, de saber que hemos sido interpelados… Si Dios no formula la pregunta, todas nuestras búsquedas son vanas» (Dio alla ricerca dell’uomo, p. 156-157).
La meta es el encuentro definitivo con el Dios que nos busca, con el Buen Pastor que deja las noventa y nueve ovejas para buscarme a mí, con el Ama de Casa que la barre entera para encontrame a mí que estaba perdido. Es Él quien de las formas más inefables pregunta por mi, me pregunta, procura mi amistad, me pide relaciones. No son muchas las personas, tal vez, que captan esas voces; pero cuando uno se introduce en el diálogo puede llegar adonde uno no puede imaginarse. Nos dicen los místicos, que cuando en esa relación uno deja de ser el dueño de su vida y la pone en manos de Dios, deja de confiar en uno mismo, para confiar mucho totalmente en la relación de Alianza, uno entra en el estado de quietud (no agitación, no agobio), en el estado de gran concentración y capacidad de soñar lo hasta ahora imposible, en el estado de unión que es cuando se da la máxima comunión entre el Creador y su Creatura, el Abbá y el hijo o la hija, es cuando Jesús vive en nosotros, cuando el Espíritu toma posesión total de nosotros y nos potencia hasta límites insospechados.
Teresa de Jesús nos cuenta en el Libro de su Vida cómo Dios la buscó y ella, después de fuertes resistencias, se dejó atrapar y comenzó también a buscarle apasionadamente hasta que se produjo el desposorio y el ansia de unión definitiva. Esta culminación será la que Teresa vislumbre y nos comunique en otras obras suyas, especialmente “Las Moradas”. Nuestra meta es la “séptima morada”. Jesús se lo expresa así a Teresa de Jesús en una de sus locuciones:
“Deshácese toda la persona para ponerse más en Mí. Ya no es ella la que vive sino Yo” (Libro de la Vida, 18,14).
Creo que la vida cristiana y religiosa -y de cada uno de nosotros dentro de ella- se vuelve “mística”- cuando se hace realidad la petición del Padrenuestro “¡Hágase tu voluntad!, o el “Hágase en mí según tu Palabra” de María. Empieza la mística cuando dejamos a Dios ser Dios, en medio de nosotros. Cuando desconfiando de nuestras solas fuerzas tomamos en serio la Alianza y ponemos toda nuestra confianza en el Señor y no en los ídolos, de cualquier tipo. La relación de Alianza nos centra en Dios y lo único que –desde nuestra humildad y ruindad- podemos hacer es suplicarle que realice su buena voluntad y, por parte nuestra, no impedirlo.
Esto es lo que nos lleva al estado de quietud, de paz, a superar nuestros agobios. La vida religiosa necesita desagobiarse, simplificarse, volverse más confiada, abrirse al “pati divina”, a la teopatía.
Cuando se vive en Alianza con Dios todo se integra dentro de esa relación de Alianza. Nada integrado en ella es perverso, aunque a veces los asesores “sin experiencia” no lo comprendan.
En la medida en que la Alianza nos hace poner toda nuestra confianza en el Espíritu renacerá entre nosotros la alegría, la capacidad de soñar y crear que es carisma y no habilidad nuestra. La comprensión de los votos o consejos evangélicos, en clave mística, nos hace superar los voluntarismos, las opciones ascéticas, para dejar que sea el mismo Jesús Resucitado, a través de su Espíritu y de María y José –sus grandes colaboradores- quienes en nosotros vayan diseñando nuestro estilo de vida.
Esta experiencia mística nos hará descubrir la dimensión mística de la misión. Hoy la debemos entender, sobre todo, como “missio Dei”, “missio Spiritus”, en la cual nos es dado participar. Tampoco nosotros somos los protagonistas primeros de la misión; la compartimos en alianza con el Espíritu de Dios Abbá y de Jesús. La gracia de ver el infierno, no incita a ser misioneros y profetas apocalípticos.
La experiencia mística es también apocalíptica. De ella nacen las decisiones heróicas, la capacidad de no temer, de enfrentarnos con el mundo de la injusticia, de la violencia, de la muerte, de luchar contra el imperio diabólico. Teresa de Jesús nos enseña qué importante es la visión para no vivir una espiritualidad ciega, para no emprender un camino que lleve a ninguna parte, para no realizar una misión ciega y no ser guías ciegos para el pueblo de Dios.
Salgamos al paso del “nuevo pelagianismo” que tanto nos tienta de las obras, las programaciones, los métodos, los procesos. Seamos más humildes, más confiados y que se haga verdad aquello con lo que comenzamos la oración diaria:
“Señor, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme”.
J.C. García Paredes, cmf.
18/7/10
3/7/10
2/7/10
Vacaciones, experiencia de Dios
Comienza, en este mes de julio, para muchas de nosotras, un tiempo diferente, de cese del trabajo cotidiano, de cambio de ritmo y actividad; un tiempo privilegiado, de mayor descanso y ocio.
Jesús también sabía procurarse sus tiempos de descanso y, sabía hacer descansar a todos los que estaban a su alrededor. Pedía a sus apóstoles: "Vayan a un lugar apartado a descansar un poco" (Mc 6,31), después de gastar horas dedicadas a la atención de personas que buscaban una salida a sus preocupaciones. Otras veces, les sorprendía llevándoselos a pasar un día de pesca en el lago de Tiberíades.
Le gustaba tener amigos y dedicar tiempo a estar con ellos, como en las bodas de Caná o en los encuentros con la familia de Pedro. Disfrutaba en casa de Marta, María y Lázaro, por quienes sentía un especial cariño. En Betanía solía descansar de las fatigas del camino. Asimismo, dedicaba también una buena parte de su tiempo de descanso a estar largos ratos de oración a solas con su Padre.
Jesús nos enseña que el descanso es tiempo con Dios y con los demás. Un espacio que nos permite liberarnos de la preocupación del rendimiento y de la eficacia. Un lugar donde podemos soñar y proyectar. Tras el descanso, nuestro ser se esponja y se renueva. El ocio nos ayuda a valorarnos, no por lo que hacemos, sino por lo que somos; a centrar nuestra vida en Dios. Saber descansar es importante. Tagore dice que “el descanso es del trabajo como los párpados son de los ojos”.
El tiempo de ocio puede ser generador de vida y sobre todo de inspiración y de creación. Sentimos que necesitamos este tiempo de ocio para ser nosotras mismas y para descubrir potencialidades escondidas, pensamientos y sentimientos en los que no nos hemos detenido suficientemente. Tiempo para proyectar, para ir inventando un futuro mejor con nuestros sueños… En vacaciones, nuestros ojos pueden captar las imágenes desde otro ángulo. Apreciamos mejor la presencia de Dios en nuestra vida y en la de los demás.
Estos días diferentes nos permiten renovarnos también en nuestra vocación de peregrinas por esta tierra, rumbo al Reino de Dios. Constituyen un tiempo para verificar y no perder el rumbo, para el encuentro con nuestros seres queridos, familiares y amigos. Tiempo para el agradecimiento, a la vez que le pedimos a Dios por todos aquellos que no pueden disfrutar, por diversos motivos, de un tiempo de descanso, en especial los enfermos y ancianos.
Saber descansar cristianamente es hacer del tiempo de ocio un tiempo para entrar en una dinámica distinta, privilegiando las relaciones que nos construyen y alimentan. Es tiempo para la acogida reposada y gozosa del sol y la brisa, como caricias que nos llegan del Dios de la Vida. Tiempo para abrir los oídos, disfrutar de la música, del juego y del humor, de tiempos de soledad sonora. Tiempo para la lectura saboreada, el paseo y la oración... Y todo ello vivido como experiencia espiritual.
En este sentido, Juan Pablo II, nos sugiere vivir las vacaciones “como momentos importantes de la existencia de la persona que tienen la posibilidad de recuperar los aspectos más profundos de su existencia y de su actividad".
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"Haced, Dios mío, que no desee ni busque nunca más que serviros en la forma que Vos queráis." (M. Alberta)





